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12 de marzo de 2022

La descarada falibilidad de la teología cristiana

De “Facts Underlying Adept Biographies” 
(Helena Blavatsky)

“¡Qué superstición tan lucrativa ha sido para nosotros esta fábula sobre Cristo!" (Papa Leo X, siglo XVI).

Y ahora, una vez más, rogamos al lector que no preste oídos a la acusación -contra la Teosofía en general y particularmente hacia la escritora- sobre la falta de respeto hacia uno de los personajes más grandes y nobles de la Historia del Adeptado, Jesús de Nazaret, ni siquiera de odio contra la Iglesia. La expresión de verdad y hecho difícilmente puede considerarse con alguna aproximación a la justicia como blasfemia u odiosidad.

Toda la pregunta se basa en la solución de ese único punto: ¿Fue Jesús, como "Hijo de Dios" y "Salvador" de la humanidad, un personaje único en los anales del mundo? ¿Fue su caso, entre tantas afirmaciones similares, el único excepcional y sin precedentes, y Su nacimiento el único sobrenatural e inmaculado, mientras que todos los demás -según lo sostenido por la Iglesia- son sólo copias y plagios blasfemos y satánicos por anticipación? ¿O era sólo el "hijo de sus obras", un hombre predominantemente santo y reformador, uno de los muchos que pagó con su vida la presunción de esfuerzo ante la ignorancia y el poder despótico para iluminar la humanidad y hacer su carga más ligera por su ética y filosofía?

Lo primero requiere una fe ciega que se oponga a todo; esto último se sugiere a cada uno por razón y lógica. Además, ¿acaso la Iglesia lo ha creído siempre como hace ahora (o mejor dicho, como finge hacerlo) al justificar así su anatema contra quienes no están de acuerdo con ella, o ha pasado por la misma angustia de duda, negación secreta e incredulidad suprimida sólo por fuerza de ambición y amor al poder?

La pregunta debe ser respondida afirmativamente en cuanto a la segunda alternativa. Es una conclusión irrefutable e inferencia natural basada en hechos conocidos a partir de registros históricos. Dejando sin tocar por ahora las vidas de muchos Papas y Santos que desmentían en voz alta sus afirmaciones de infalibilidad y santidad, dejemos que el lector recurra a la historia eclesiástica, los registros del crecimiento y progreso de la Iglesia cristiana (no del cristianismo) y que encuentre la respuesta en esas páginas. Dice un escritor:

“La Iglesia ha conocido demasiado bien las sugerencias de pensamiento creado por la investigación, como también todas las dudas que provocan su enojo hoy en día; y a su vez las 'verdades sagradas' que ella promulgaría han sido admitidas y repudiadas, transformadas y alteradas, amplificadas y restringidas, por los dignatarios de la jerarquía en la Iglesia incluso en lo que respecta a los dogmas más fundamentales".

¿Dónde está ese Dios o héroe cuyo origen, biografía y genealogía fueron más confusos o más difíciles de definir y acordar finalmente que los de Jesús? ¿Cómo se resolvió por fin el dogma ahora irrevocable con respecto a su verdadera naturaleza? Según los evangelistas, por su madre fue un hombre, un mortal simple, ¡y por su Padre él es Dios! Y el perplejo escritor pregunta: ¿Pero cómo? ¿Es Él entonces hombre o Dios, o ambos al mismo tiempo? Verdaderamente, a su vez las proposiciones ofrecidas en este punto de la doctrina han causado derrames de tinta y sangre sobre la desvalida humanidad, y aún las dudas no están en paz. En esto y como todo lo demás, los sabios Concilios de la Iglesia se han contradicho y cambiado de opinión varias veces; por tanto, recapitulemos dando un vistazo a los textos ofrecidos para nuestra inspección, porque esto es historia.

El obispo Pablo de Samósata negó la divinidad de Cristo en el primer Concilio de Antioquía; en el mismo origen y nacimiento del cristianismo teológico fue llamado "Hijo de Dios" simplemente por su santidad y buenas obras, al tiempo que Su sangre era corruptible en el sacramento de la eucaristía.

En el Concilio de Nicea, que se llevó a cabo en 325 d. de C., Arrio apareció con sus premisas que casi rompen en pedazos la unión católica.

Diecisiete obispos defendieron las doctrinas de Arrio, quien fue exiliado por exponerlas. Sin embargo, treinta años después (355 d. de C.) y en el Concilio de Milán, trescientos obispos firmaron una carta de adhesión a los puntos de vista arrianos, a pesar de que diez años antes (345 d. de C.) y durante una nueva reunión en Antioquía los eusebianos habían proclamado que Jesús Cristo fue el Hijo de Dios y Uno con su Padre.

En el Concilio de Sirmio, 357 d. de C., el "Hijo" ya no era consustancial y en este contexto los anomaeos -quienes negaron esa consustancialidad- y los arrianos salieron triunfantes. Un año más tarde, en el segundo concilio de Ankara, se decretó que “el Hijo no era consustancial, sino que sólo era similar al Padre en su sustancia” y el papa Liberio ratificó la decisión.

Durante varios siglos, el Concilio peleó constantemente apoyando los puntos de vista más contradictorios, siendo el fruto de su laborioso trabajo la Santísima Trinidad que, como Minerva, surgió del cerebro teológico y armada con todos los truenos de la IglesiaEl nuevo misterio se introdujo en el mundo en medio de algunas luchas terribles, donde el asesinato y otros delitos tuvieron una cuota de despotismo. En el Concilio de Zaragoza, 380 d. de C., se proclamó que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una y la misma Persona, siendo la naturaleza humana de Cristo una mera "ilusión" y eco de la doctrina hindú avatárica. "Una vez en este camino resbaladizo los padres tuvieron que deslizarse hacia el ad absurdum, lo que cumplieron a cabalidad”. ¿Cómo negar la naturaleza humana en un individuo que nació de mujer? La única observación sabia hecha durante uno de los Concilios de Constantinopla vino de Eutiquio, que se atrevió a decir: "Que Dios me proteja de la naturaleza de mi Dios", debido a lo cual fue excomulgado por el papa Flavio.

En el Concilio de Efeso (449 d. de C.) Eutiquio tuvo su venganza. Como Eusebio -fidedigno obispo de Cesarea- estaba obligándole a admitir dos naturalezas distintas en Jesucristo, el Concilio se rebeló contra él y se propuso que Eusebio fuera quemado vivo. Los obispos se levantaron como un sólo hombre, y espumando de rabia con los puños apretados exigieron que Eusebio fuera cortado en pedazos y que lo trataran como si fuera a habérselas con Jesús, cuya naturaleza dividió. Así, Eutiquio fue restablecido en su poder y cargo, mientras que Eusebio y Flavio fueron depuestos. Luego los dos partidos se pelearon con violencia; San Flavio fue maltratado seriamente por el obispo Diodoro, quien lo agredió con un puntapié y murió pocos días más tarde por las heridas infligidas.

Cada incongruencia fue cortejada en estos Concilios y el resultado son las paradojas vivientes y actuales llamadas 'dogmas de la Iglesia'. Por ejemplo, en el primer Consejo de Ankara (314 d. de C.) se preguntó: "Al bautizar a una mujer con un hijo, ¿el bebé aún nonato también está bautizado por el hecho?" El Consejo respondió negativamente porque, como se alegó, "la persona que recibe el bautismo debe ser una parte que da su consentimiento, lo que es imposible para el niño en el vientre de su madre". Por lo tanto, la inconsciencia es un obstáculo canónico para el bautismo y así ningún niño bautizado hoy se sacramenta de hecho. ¿Y qué pasa con los bebés paganos por decenas de miles y hambrientos que son bautizados por los misioneros durante la inanición, y de otra manera "salvados" a escondidas por los Padres demasiado celosos? 

¡Sigan uno tras otro los debates y las decisiones de los innumerables Concilios, y vean en qué revoltijo de contradicciones se construye la Iglesia apostólica actual e infalible!

Y ahora podemos ver cuán enormemente paradójica -cuando se toma de manera literal- se torna la afirmación en Génesis: “Dios creó al hombre a su propia imagen”, además del hecho evidente de que no es el Adán del polvo (Capítulo II) quien está hecho así a la imagen divina, sino el Divino Andrógino (Capítulo I) o Adam Kadmon, y podemos ver que el Dios de los cristianos fue creado por el hombre a su imagen en medio de patadas, golpes y asesinatos de los primeros concilios.

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Esta lectura cabalística sobre las narraciones del Evangelio -que hasta ahora se supone registra los eventos más importantes, místicamente horribles y, sin embargo, más reales en la vida de Jesús- debe caer con un terrible peso sobre algunos cristianos. Todo creyente honesto e incauto que haya derramado lágrimas de emoción reverencial por los acontecimientos en el breve período concerniente a la vida pública de Jesús de Nazaret tiene que elegir una de las dos formas que se le abren después de leer lo mencionado: o su fe debe hacerlo bastante impermeable a cualquier luz proveniente del razonamiento humano y el hecho evidente, o debe confesar que ha perdido a su Salvador.

Este personaje a Quien hasta ahora el devoto había considerado como la única encarnación en esta Tierra del Único Dios viviente en el cielo, se desvanece en el aire con la autoridad de la propia Biblia leída e interpretada correctamente. Además, ya que por la autoridad del mismo Jerónimo y su confesión aceptada y auténtica, el libro escrito por la mano de Mateo "no exhibe material para edificación, sino para destrucción” (de la Iglesia y el cristianismo humano, y sólo eso), entonces ¿qué verdad se puede esperar de su famosa Vulgata? Los misterios humanos, inventados por generaciones de Padres de la Iglesia empeñados en desarrollar un credo de su propia invención, son considerados en cambio bajo una Revelación divina, y que esto fue así se ve corroborado por un prelado de la Iglesia latina. San Gregorio Nacianceno escribió a San Jerónimo, su amigo y confidente:

Nada se puede imponer mejor a un pueblo que la verborrea; cuanto menos entiende, más admira (…) A menudo nuestros padres y doctores han dicho no lo que pensaban, sino aquéllo a lo que los obligaron las circunstancias y la necesidad".

¿Cuál de los dos son más blasfemos y peligrosos, el clero o los ocultistas y teósofos? ¿Son aquéllos que impondrían un "Salvador" de su propio diseño a la aceptación del mundo, un Dios con defectos humanos y que, por lo tanto, ciertamente no es un Ser divino ni perfecto; o son los otros que afirman que Jesús de Nazaret fue un Iniciado de carácter santo, grande y noble, pero humano y verdaderamente "un Hijo de Dios"?