En este posteo se explica y analiza el auge moderno de lameculos llamados "divulgadores" o “psicólogos” influencerdos, de distintos signos políticos en redes sociales, que instrumentalizan conceptos clínicos para producir confrontación partidaria. Ahora profundizaremos viendo cómo en dicho ecosistema las dinámicas de corte sádico (disfrute o catarsis en el castigo y la humillación del adversario) y masoquista (culto al sufrimiento propio como evidencia de "virtud moral") se convierten en la principal moneda de cambio para fidelizar audiencias zurdas o momias.
Ambas pocilgas se lanzan mutuamente el diagnóstico para "despolitizar" el conflicto, reduciendo reclamos sociales y posturas de orden a meros "trastornos de personalidad" o "perversiones emocionales".
De hecho, esta dinámica refleja a la perfección lo que el psicoanalista y sociólogo Erich Fromm describió en su momento como carácter autoritario o sadomasoquista, sólo que en las redes sociales este concepto ha sido fracturado: cada bando se apropia de una mitad para patologizar al adversario, y presentarse a sí mismo como el único polo “emocionalmente maduro”.
01. El relato derechoso: Los zurdos "masoquistas del agravio"
Desde esta trinchera, la narrativa busca etiquetar las protestas sociales y agendas progresistas no como demandas legítimas de derechos, sino a modo de "fijación neurótica con el dolor y la debilidad".
-La "ganancia secundaria del síntoma" (concepto psicoanalítico adulterado): Sostienen que "la izquierda necesita que los problemas no se resuelvan". El argumento es que sus antílogos han hecho de su condición de "oprimidos" o "vístimas" su única fuente de identidad y estatus social. Si el problema se solucionara, perderían su propósito; por lo tanto, concluyen que experimentan un "goce masoquista" en perpetuar su resentimiento.
-Indefensión aprendida y locus de control externo: Utilizan la psicología conductual y cognitiva para acusar a la izquierda de "infantilismo", siendo el mensaje común: "Prefieres culpar al sistema, al patriarcado o el capitalismo, antes que asumir la responsabilidad de tu propia vida".
02. El relato izquierdoso: Los fachos "sádicos del castigo y control"
Frente al ataque, los "psicólogos" e influencerdos de izquierda devuelven el golpe diagnosticando a la derecha cual "fuerza impulsada por sadismo institucional" y "pulsión dominadora".
-El sadismo del "orden y la disciplina": Argumentan que la obsesión derechista por la ley, el orden y la condena de protestas sociales no responde a un deseo genuino de paz, sino a placeres soterrados en el castigo. Acusan a la derecha de disfrutar la violencia policial, reprimiendo minorías y humillando disidentes, disfrazándolos de "mano dura necesaria".
-La personalidad autoritaria: Señalan que el pensamiento conservador sufre de "rigidez psicológica" que no tolera incertidumbres ni diferencias, por lo que "canaliza su agresión reprimida aplastando a quienes desafían las normas". La censura o criminalización de la protesta social es catalogada como "acto de crueldad sistemática".
03. La trampa simbiótica o de retroalimentación
Estos "juicios" cruzados propician un bucle psicopolítico del que es casi imposible escapar, porque la conducta de cada uno confirma exactamente el diagnóstico delirante del otro:
La derecha reprime/descalifica la protesta.
↓
La izquierda dice: "¿Lo ven? Son sádicos que gozan reprimiéndonos".↓
La izquierda redobla quejas, tonos de agravio y el martirio.↓
La derecha espeta: "¿Lo ven? Son masoquistas adictos a vivir en la queja".↓
Se intensifica el llamado a un orden más severo.↓
El ciclo se reinicia nuevamente ad infinitum.El esquema anterior lleva así a dos conductas permanentes:
a) La confirmación del mártir: Cuanto más dura es la respuesta discursiva o institucional de la derecha, más validada se siente la izquierda en su rol de "vístima sacrificada", elevando su pedestal moralista.
b) La confirmación del disciplinador: Cuanto más caótica, quejosa o disruptiva percibe la derecha a su enemiga, más convencida está de que se enfrenta a "personas inestables" que necesitan "ser corregidas" con severidad y desprecio.
De esa forma, los dos sectores evitan discutir la raíz ético-espiritual de problemas graves (inequidad, corrupción económica, libertades malentendidas, seguridad fofa/dictatorial, leyes imperfectas de doble estándar, etc.), sustituyen el debate político por un duelo psiquiátrico moralino, y mantienen a sus audiencias hiperventiladas y cautivas, ya que a nadie le gusta verse como "quejica sumiso" (masoquista) ni "monstruo insensible" (sádico), obligando al usuario común a alinearse dogmáticamente con uno de esos relatos para salvar su autoimagen.
PARTE B
No obstante, la alternancia de roles demuestra que el sadismo y masoquismo retóricos no son identidades fijas de uno u otro bando, sino estrategias adaptativas que dependen de la relación con el poder.
Existe una regla general en psicopolítica moderna: quien se siente en minoría o bajo asedio, asume la función de vístima/mártir (masoquismo defensivo), mientras que quien detenta poder institucional, cultural o administrativo adopta el rol de juez punitivo/vistimario (sadismo disciplinador).
01. Los fachoexcrementos vístimas (martirio conservador)
La derecha abandona su retórica de “dureza”, “orden” y “autosuficiencia” para transformarse en "sujeto agraviado", principalmente cuando percibe que ha perdido la hegemonía cultural (educación, medios, entretenimiento y lenguaje institucional). En ese momento, articula un discurso de vistimización y sufrimiento a través de varios frentes:
a) El mito de la "mayoría silenciosa perseguida": Se presentan como una "masa trabajadora", "sensata" y "tradicional" que está siendo "subyugada", "discriminada" y "reprimida" por una "élite progre" o globalista, explotando el complejo del "mártir que resiste el asedio". El conservador ya no se jacta de imponer la ley, sino de aguantar estoicamente el dolor de ser llamado "fascista", "retrógrado" o "intolerante" sólo por defender valores tradicionales o la familia.
b) El vistimismo de la "cancelación" y censura: Ante cualquier sanción en redes, despido o crítica coordinada, el discurso conservador se llena de quejas sobre la "Santa Inquisición moderna" o "policía del pensamiento" izquierdistas. La pérdida de plataformas se equipara a una persecución casi religiosa o totalitaria: el influencerdo expone sus baneos, sanciones o cierres de cuentas como estigmas sagrados, y el sufrimiento público se convierte en "prueba irrefutable" de que "dice verdades incómodas".
c) Agravio del "productor expoliado": El contribuyente, autónomo o empresario son vistos a guisa de "verdaderos esclavos del sistema", quejándose amargamente de que "el Estado los desangra a impuestos" con tal de alimentar a "parásitos" y "chiringuitos ideológicos". La protesta aquí es idéntica al discurso de izquierda: la sensación de que el sistema está estructuralmente diseñado para perjudicarlos.
d) Amenazas existenciales: Ocupan fórmulas del tipo "reemplazo demográfico" (migraciones, racismo más o menos encubierto) o la "destrucción de Occidente". Asumen el papel de "últimos guardianes de una civilización agonizante", encontrando sombríos placeres melodramáticos en profetizar la "ruina inminente de su sociedad".
02. Los zurdoexcrementos vistimarios (punitivismo progresista)
Este sector abandona la queja, la vulnerabilidad y su defensa del "rebelde" o "desprotegido" cuando alcanza posiciones de poder normativo (p. ej., departamentos de recursos humanos, comités universitarios, ministerios, redes sociales, espacios culturales, medios de prensa, etc.). En esas condiciones, transmuta de vístima oprimida a inquisidor inflexible, recurriendo a un marcado sadismo moral.
a) La "paradoja de tolerancia" como mazo disciplinador: Sostienen que "no se puede aceptar al intolerante", lo cual les otorga carta blanca absoluta. Como el adversario es etiquetado de "antiderechos" o "peligro para la democracia", no se le concede piedad, debate ni presunción de inocencia, demandando su castigo sumario, la pérdida de empleos y su muerte civil.
b) Disciplinamiento institucional y "reeducación": Cualquier comentario disonante es clasificado de "falta grave a la convivencia", "discurso de odio" o "ruptura de espacios seguros". La izquierda ejerce orden meticuloso a través de protocolos, comités de ética, códigos de lenguaje inclusivo obligatorios y talleres de "sensibilización". Si el enemigo se resiste, se aplican medidas disciplinarias corporativas o académicas con frialdad burocrática implacable.
c) Exigencia de humillación pública (autocrítica): Quien ha cometido errores ideológicos debe "hacerse cargo" y mostrar "voluntad de deconstrucción". Se fuerza al infractor a publicar comunicados de disculpa humillantes y escritos en el argot ideológico del grupo dominador. El goce punitivo se evidencia en que la disculpa casi nunca es aceptada (siempre queda de "insuficiente"), obligando al transgresor a seguir rebajándose en la picota pública digital.
d) Punitivismo penal y social: La única forma de proteger minorías es endurecer las condenas y crear nuevos tipos criminales (delitos de odio amplificados, penalización estricta de la opinión, etc.). Aquéllos que tradicionalmente criticaban las cárceles o la policía como "herramientas de represión burguesa", exigen penas de reclusión máximas y un aparato policiaco más estricto cuando se trata de castigar a enemigos culturales.
En consecuencia, vemos que ninguno de estos bandos mierdosos es intrínsecamente "rebelde" ni "guardián del orden". Cuando la derecha pierde el control cultural, descubre el inmenso poder político del vistimismo y el martirio; y si la izquierda se hace con espacios de poder, detenta el enorme placer y la eficacia política de aplicar castigo, censura y disciplina al oponente.
Los hallazgos científicos en psiquiatría son claros: semejantes puteros zurdifachos incitan a diario la adicción neuroquímica, es decir, alternan estímulos que disparan cortisol (miedo, indignación, amenazas de que el otro grupo "destruirá el país" o la "cordura"...), con picos de dopamina cuando el rival es humillado o expuesto.
Las legiones de influencifeladores autorizan moralmente a sus pobrecitas ovejas para reaccionar con crueldad, y por desgracia el movimiento "teosófico" actual no está libre de dicha plaga. La única diferencia es que, en términos "espirituales", te manipulan haciendo CERO AUTOCRÍTICA y repiten "la ira es mala", "el enojo es impensable", "señalar defectos es sinónimo de amargura", "la crítica violenta debe condenarse" o incluso "la imparcialidad es peligrosa", jugando con tu porvenir económico, dignidad y salud si no formas parte del infierno "bi-consensual" que te proponen, especialmente si trabajas de manera honrada y sin recurrir a determinados vicios al objeto de percibir ingresos "maravillosos" o construir una vida "admirable" (consumo de tabaco/alcohol, pornografía, industria armamentística, turismo destructor de espacios naturales, imprentas difusoras de contenido politiquero, ramas "artísticas", misticismo/terapias sensorialistas, farmacéutica, etc.).
Toda la gentuza duopolista ya descrita sólo se merece tu indiferencia absoluta, o tu escarnio más denigrante. Y si todavía te quedan dudas, recuerda la sentencia de un escritor cuando dictaminó que "tras cualquier gran fortuna sospechosa, siempre hay grandes crímenes". Que esos triple malditos no sigan colándote distorsiones lucrativas cuando vayas a sufragar.
Aquila in Terris
